¿Dónde quedó la destreza? (28/04/2017 por Juan Cadarso)

El italiano  Umberto Eco defendía en su ensayo Una Nueva Edad Media que, para bien o para mal, la civilización Occidental sufre una irremediable vuelta hacia el medievo. En su obra, publicada en 1972, aseguraba que “ambas son épocas en que la élite selecta razona sobre textos escritos con mentalidad alfabética, pero después traduce en imágenes los datos esenciales del saber y las estructuras sustentantes de la ideología dominante”.  Es decir, una porción minoritaria de la sociedad razona y transforma esas ideas en imágenes para que el resto se preocupe solo de tragar. La élite se convierte en la mano que mece la pluma de los ideogramas que la masa ha de leer. 

Hoy, por ejemplo, para muchos, la influencia que supuso El pórtico de la Gloria durante la Edad media es similar a la que puede desempeñar cualquier meme o el instagramer de turno. Porque en este tiempo solo importa la imagen. Todo entra por los ojos. ¡No he viajado si no hay selfie! ¡Veo, luego existo!, dicen algunos. En definitiva, que no nos lo cuenten, queremos verlo, tocar, como Santo Tomás. Y con estas premisas, los medios de comunicación tienen que lidiar. Da igual tener una crónica desde el mismo frente de guerra, o saber las causas del conflicto, el contexto o el número de bajas, lo importante es poder ver en HD el momento justo en el que la cabeza se desprende del resto del cuerpo y la bala entra y sale del cerebro.

Vivimos en una sociedad explícita, bruta, sin tallas, indomable, salvaje. Y los medios no son ajenos, o mejor dicho, son bastante responsables. La gente quiere carnaza, ya se sabe, y el cliente siempre lleva la razón. ¡Cien mil moscas que comen mierda no pueden estar equivocadas! ¡Queremos meter la GoPro en la cama de Rajoy! No hay límites, no hay fronteras, no hay ético o no ético, todo es factible. Sin embargo, lo peligroso no es la imagogracia en la que vivimos, sino esos pocos, de los que hablaba el célebre escritor, cuyos planes están muy claros. Quieren que engullamos, que nos saciemos y, sobre todo, en pro de una supuesta libertad, que seamos capaces de todo, que nos volvamos insensibles, desprovistos de todo pudor y despojados del más mínimo respeto hacia la dignidad de ese peatón cuyas vísceras descansan sobre el arcén. Un hombre sin límites es un monigote.

Pero las cosas empiezan a cambiar cuando se hace examen de conciencia, por eso no podemos sino que abrir en canal la herida para que no se gangrene. Debemos reconocer que parte del periodismo actual está haciendo el papel de cómplice indispensable para embrutecer a la sociedad. Hoy, a un trozo nada desdeñable del periodismo le da igual la calidad, solo le importa la cantidad. Le da igual formar, solo le importa facturar. Le da igual seducir, solo le importa impactar. ¡El fin justifica (a) los medios!, es nuestro lema. Solo hay que poner las escenas cuyo drama bloquea tanto al espectador que le impide procesar lo que está ocurriendo y le vuelve insensible al horror. Reivindiquemos el buen hacer del periodismo. Apelemos a la destreza del cámara que consigue revolvernos casi todo sin mostrarnos apenas casi nada.

Escrito por: Juan Cadarso

Día 28 de abril de 2017

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