Muerte a las puertas del paraíso (02/03/2003 por Javier Bauluz)

El polideportivo estaba lleno. Las gradas cubiertas de colores. Decenas de personas se agolpaban buscando un hueco para dormir. Vigilados por la guardia civil decenas de inmigrantes subsaharianos eran atendidos por la gente buena de Tarifa, varios jóvenes y mayores, pescadores, estudiantes y jubilados les ofrecían un poco solidaridad. En cambio el gobierno español no les daba ni una manta, incluso ya detenidos, los dejaba durante horas tirados en la carretera, como si fueran perros, empapados y heridos después de sobrevivir el cruce del Estrecho de Gibraltar amontonados en una patera.
El espectáculo era digno de un campo de refugiados en África, decenas de piezas de ropa se secaban al sol en improvisados tendederos, una mujer lavaba su ropa mojada en las duchas de la piscina, mientras otros inmigrantes dormitaban agotados tumbados en el suelo. Un subsahariano secaba sus zapatos al sol, y todavía con la cara contraída, me contaba, en inglés, el miedo que había pasado en la patera: “Pensé que no íbamos a llegar vivos, quiero dar gracias a Dios”.
Un rato después, recortada sobre una blanca pared de cal, veo una sombra oscura y agachada que comienza a gesticular. Me acerco y veo al asustado inmigrante postrado de rodillas, alzando sus manos al cielo y recogiéndose en oración con las palmas de las manos juntas. Me sobrecoge la escena. A pocos metros otro inmigrante yace en el suelo agotado. Venciendo mi emoción y procurando no interrumpir sus rezos levanto la cámara y hago un par de fotos.
Un guardia civil se acerca curioso a la escena, se detiene y observa la situación. Encuadro al guardia, al que yace en el suelo y al fondo al que da gracias a su dios por estar todavía vivo. Hago varias fotos y en la última se ve al guardia con la gorra cogida con las manos detrás de la espalda, cabizbajo y respetuoso. Parece que le está acompañando en sus oraciones. Hago un par de fotos mas de la ropa al sol y me suena el móvil: un cadáver en la playa de Zahara.
Salgo corriendo sin despedirme. 20 km. De camino dos imágenes se mezclan en mi cabeza: el hombre arrodillado dando gracias por seguir vivo y la imagen de un muerto sobre la arena. Llego a la playa sobre las cinco de la tarde. Está cuajada de sombrillas, hace un día espléndido y la gente se baña en el agua caliente mientras otros toman el sol. No veo el cadáver, ni guardias, ni ambulancia ni ningún movimiento extraño. ¿Ya lo habrán retirado?
Finalmente al fondo de la playa, veo algo raro. Me acerco corriendo y veo una cámara de televisión, a otro colega haciendo fotos y un par de periodistas libreta en mano. A pocos metros hay un cuerpo en una posición extraña. Tomo aire y recuerdo que el rollo casi está terminado. Levanto la vista y veo una pareja sentada bajo su sombrilla con el cadáver a pocos metros. No se mueven de su sitio a pesar de los periodistas, sus cámaras y el muerto. Todavía jadeando disparo tres veces. La 32, 33 y 34ª del mismo rollo del superviviente que rezaba. Una de estas fotos es la de la pareja, la sombrilla y el cuerpo del inmigrante al fondo.
Me acerco mas mientras saludo a los colegas periodistas. Camino hacia el cadáver con una idea en la cabeza: desde el otro lado se podrá ver el muerto y la playa llena de gente disfrutando. Nosotros y ellos en el mismo espacio pero en dos mundos distintos. La gente continua su vida playera, se bañan, siguen tumbados, los niños chapotean en la orilla. Solo algunos bañistas, cinco o seis, comentan en un corrillo la tragedia. Me parece una falta de respeto y me indigna. Sea negro o blanco el muerto. Por desgracia no me sorprende en absoluto. Es la misma indiferencia que he visto tantos días con la suerte de los inmigrantes. No es asunto nuestro. Son erizos o bestias de trabajo, no son “personas humanas”. En todo caso son delincuentes peligrosos a los cuales debemos temer y en consecuencia odiar. Vamos mejorando
Con los ojos voy buscando el mejor ángulo mientras dejo atrás a los colegas. Solo un par de metros mas oigo una voz autoritaria: ¡No se puede pasar¡ Me giro y me encuentro con un joven a pecho descubierto en traje de baño. Le miro con sorpresa y me dice que es guardia civil. Le digo que soy periodista pero se niega a dejarme acercar al cadáver.
Doy un rodeo y llego a las rocas que se dibujan al final de la playa. El guardia me da espalda. Ante mí el cadáver del inmigrante y una playa llena de gente y sombrillas. La primera, la de la pareja de la primera foto.
Después de un buen rato esperando algo nuevo decido bajar de las rocas cuando veo un grupo de gente que se acerca. Distingo uniformes y reconozco al sargento que esa misma mañana daba instrucciones a sus agentes de cómo preparar un biberón, mientras se rascaba el bolsillo para pagar la leche materna con la que alimentar a los dos bebés de uno y dos meses que había sobre su mesa del cuartelillo mientras les cambiaban los pañales. Nunca pensé que iba a ver una cosa así. El sargento de uniforme se acerca al cadáver con dos guardias en camiseta y pantalón corto. Lo reconoce y ordena cubrirlo, alguien aparece con una festiva toalla y lo tapan. Los colegas periodistas graban y filman la escena .
La marea ha subido desde que los guardias en bañador sacaron el cuerpo que flotaba en el agua. El sargento ordena llevarlo un poco mas arriba. El muerto queda boca arriba en una extraña posición y un poco mas cerca de la pareja de la sombrilla que, ahora tumbados observan toda la escena. Algunos curiosos se acercan a mirar.
Me acerco y saludo al sargento y a otros dos guardias que reconozco. Intercambiamos unas palabras de horror. El sargento llama por el móvil y habla con quien parece ser el juez de guardia. Le informa sobre el macabro hallazgo y contesta: “sí, es un hombre negro”. “A sus órdenes” y cuelga con violencia la tapa del móvil. Ni a los jueces les interesa esta pobre gente. El juez acaba de delegarle el levantamiento del cadáver. No se va a tomar la molestia de venir.
Hace calor, mucho calor. En la escena de la tragedia solo quedamos un par de guardias y yo. Los periodistas se han ido. El cadáver cubierto ahora por una sábana se calienta al sol que baña a la pareja, que sigue en el mismo lugar, detrás de ellos la vida de la playa sigue su curso. Risas de niños, chapoteos mientras el sol empieza a bajar.
El tiempo sigue pasando, ya solo quedamos un guardia y yo vigilando el cadáver. Hago algunas fotos de parejas en biquini y bañador paseando cogidos de la mano a pocos metros del cadáver cubierto y del guardia. La vida sigue.
Casi dos horas después de mi llegada veo venir a dos hombres llevando un ataúd que pasan al lado de la pareja tumbada a la sombra de su sombrilla. Hago la foto. Depositan el féretro junto al cadáver. Uno de los funerarios se saca la arena del zapato mientras conversa con el guardia. Mas tarde llegan unos señores de paisano y empiezan a fotografiar el cadáver desde todos lados. Al principio pienso que son mas periodistas, pero uno de ellos me dice que no haga fotos y entonces descubro que son del servicio de identificación de la guardia civil. Tengo algún roce con él mientras le toman las huellas al muerto, hasta que se convence que no me interesa su cara. Hago mas fotografías mientras lo introducen en la caja. Cuando acaban su trabajo dos guardias ayudan a los de la funeraria a llevar el ataúd a través de la playa. Sigo haciendo fotos. En una se ve el traslado y al fondo una feliz pareja juega a las palas. La pareja de la sombrilla ha desaparecido. Un niño muy curioso corre alrededor del ataúd durante parte del camino.
Cuando llegan a las escaleras unos gritos llaman la atención de los guardias y los funerarios. Los cuatro dejan el ataúd solo y van a hablar con las señoras que los llaman. Han encontrado la chaqueta del inmigrante muerto. La señoras se van y los guardias revisan la prenda. En el suelo depositan un pañuelo, un cepillo de dientes, uno del pelo, un billete de mil duros, una foto del Papa, un CD de Bob Marley y algo que hace “sospechar” de la segura delincuencia peligrosa del inmigrante, encuentran un metro, un metro de medir.
Hago varias fotos que convierten al bulto negro de la playa en una “persona humana” con amores y sueños: hijo, cristiano, amante de Marley, limpio, pobre y trabajador. A quien le importa.
Los guardias también encuentran varias fotografías envueltas en plástico: una de ellas debe ser de su bautizo a la africana, bañándose vestido de blanco en una playa, otras de él mismo y tal vez sus hermanos. Otra foto me impresiona: una antigua, en blanco y negro, de quienes debieran ser su padre y su madre, quienes nunca sabrán que le paso a su hijo, nunca sabrán por que no les escribe o les llama.
Nadie reconocerá el cadáver, no portaba ninguna documentación. Un guardia con blancos guantes quirúrgicos sujeta la foto de los padres sobre el ataúd. Disparo por ultima vez. He pasado unas cuatro horas en la playa de la tragedia y cuarenta días mas para poder documentar lo que pasaba en Tarifa . Son aproximadamente las 8 de la tarde del día 2 de septiembre de 2000.
Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 2 de Marzo 2003 Por Javier Bauluz.

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